Una vez más una imagen me lleva a una reflexión profunda, la reflexión me induce a escribir un post y el resultado es este churro inclasificable. Hoy he decidido ser fino, romántico y sentimental; no soy muy dado al sentimentalismo, pero es que la ocasión –como podréis comprobar- lo requiere. Hoy hablaremos del amor en su vertiente veraniega, más concretamente de: El verano del amor.
Para mucha gente la ecuación verano + amor les da como resultado calentón estival. Craso error: el amor –ese sentimiento bonito y hermoso-, no se mide por el número o calidad de los calentones veraniegos, los corazones rotos que has dejado a tu paso o los profilácticos utilizados. La gente mayor se suele quejar de que la juventud actual ha perdido el romanticismo, la inocencia, la timidez y la elegancia. Muchas veces tienen razón, pero tambien hay jóvenes sensibles y elegantes, parejas que no se atreven a dar muestras de su afecto en público, enamorados que se limitan a cogerse tímidamente de la mano o, como mucho, a darse un casto beso en la mejilla sonrojándose a continuación.
En esas ocasiones –que yo suelo identificar con el verano-, este tipo de parejas suelen escoger un sitio apartado a fin de disfrutar de la poesía, del canto de los pajaritos, del aroma de las florecillas silvestres o, simplemente, de la belleza sin par de una puesta de sol. A éstos en especial dedico –con todo mi afecto- este post, que quedaría cojo para siempre si no mostrara la imagen a la cual me refería, imagen que subraya todo lo que he dicho anteriormente: privacidad, timidez, castidad, poesía, comunicación: en otras palabras…amor. En otros tiempos esta bonita estampa habría servido de inspiración para cualquier artista romántico. Los pintores plasmarían la atención con la que la chica parece escuchar las palabras de su amado e intentarían reflejar su expresión de pureza virginal. Los escritores y poetas, a su vez, intentarían reproducir la intensidad de las palabras del hombre y la indudable sinceridad con que parece comunicar sus sentimientos a la –sin duda alguna- mujer de sus sueños.
En fin, que vayamos al grano, y mostremos de una vez la imagen, imagen que –supongo que estaremos todos de acuerdo- podría perfectamente tener como título: El verano del amor.


...slurp...¿no es cierto paloma mía...slurp…que están respirando…slurp…amor?


Todo lo dicho anteriormente queda empañado por la imagen: la timidez de nuestra pareja, el romántico lugar, la mirada de enamorados que intercambian, ese gesto –sutil e inocente- de cogerse las manos. Está claro que, para ellos, el resto del universo no existe, están inmersos en lo que –ya lo voy repitiendo demasiadas veces, pero es que viene muy bien al caso- he venido a llamar: El verano del amor.