El pasado lunes 7, la alegría ante el nacimiento de la posible nueva heredera al trono y su presentación pública ante los medios de comunicación, se vió acompañada y complementada con otro nacimiento: la nueva cadena televisiva “cuatro”. En mi entorno vivimos ambos acontecimientos con una alegría inusitada; ríos de champán regaron nuestras gargantas y nos aprovisionamos de enormes cantidades de confeti, en previsión de una jornada que se antojaba larga y llena de emociones, una celebración constante de este doble y feliz acontecimiento.

Felicidad uno

A las 12:40, en mi trabajo, la persona comisionada por el jefe de departamento hizo un anuncio en voz alta: “ya hay imágenes en internet de la nueva infanta”. Inmediatamente, dejamos nuestros quehaceres y nos agolpamos impacientes en el ordenador de la persona más envidiada de la oficina, aquella que había tenido la suerte histórica de contemplar, antes que nadie, el rostro de la infanta Leonor.

Los primeros momentos fueron desconcertantes, tras tirar los confetis de rigor, el ansia por ocupar un buen lugar desde el que contemplar las primeras imágenes provocó una cierta violencia; abundaron los codazos, pisotones, empujones y los malos modos. Me vi en la necesidad de imponer cierto orden, uno de los maleducados fue el gerente, abusando de su posición de poder y pretendiendo aprovecharse de su cargo, usaba todo tipo de artimañas para ocupar un lugar privilegiado. Con la excusa de que me había pisado, le di un rodillazo -estilo thai boxing- en todo el coxis, el caso es que ni se enteró que había sido yo, se alejó encorvado hacia su despacho exclamando: “ay, ay…que dolor, creo que me ha dado un lumbago de la emoción”.

Una vez visualizados y memorizados los rasgos faciales de la nueva heredera, todo fueron conjeturas: “se parece al padre”, exclamó uno; “pues yo creo que a la madre”, dijo otra. Las posiciones estaban enfrentadas y sin posibilidad de reconciliación. No era el único tema polémico: el origen de los bordados del vestidito real, cuanto duraría la baja por maternidad, el bienestar de la chiquilla con lo caro que está todo... incluso hubo quien mencionó que el bebé tenía los ojos cerrados porque no quería ver adonde nos iba a llevar el tema del estatuto catalán.

Nuestro jefe de departamento hizo lo que suele hacer en estas ocasiones, visto el ambiente festivo y que el gerente parecía que iba a estar de baja una temporada -según él, por problemas de lumbago-, me dejó encargado de todo, usando para ello la frase codificada “me voy a la central”, eufemismo que en nuestro trabajo quiere decir: “como soy el jefe, me voy con otros jefazos a tomar cubatas desde bien temprano, hasta mañana pringados”; este jefe me cae bien y yo, amistosamente, me despedí con un: “vete por la sombra y no te atragantes con las cigalas”. Para calmar los ánimos, organicé uno de mis famosos brainstorming, con un tema central: ¿Por qué es tan importante este nacimiento?...al final, como teníamos tiempo y ganas, acabamos con un interesante debate sobre la inevitable futura reforma de la constitución para derogar la Ley Sálica, esa ley anticuada que niega a los miembros femeninos de la familia real el derecho a la hipertensión, impidiéndoles la ingestión de sal.

Felicidad dos

El día, sin embargo, no había terminado; creo no exagerar cuando digo que si un nacimiento real es un hecho extraordinario, la aparición en el espectro televisivo de una nueva cadena es aún mejor que resultar agraciado con una lotería multimillonaria. Cuando los españoles nos enteramos de que un nuevo canal televisivo iba a hacer su aparición, de manera unánime se formaron espontáneas manifestaciones de apoyo a esta iniciativa. El optimismo se apoderó de todos y durante semanas vivimos en una nube de algodón, producto de la realización del mayor logro histórico que ha vivido la democracia. El interés común, la justicia social y el más estricto cumplimiento de la legalidad vigente hacía tiempo que pedían a gritos este nuevo canal. Todas las clases sociales esperaban, con inquietud apenas controlada, este gran momento y, por fin, iba a tener lugar.

Cuando llegué a casa, agotado por el anteriormente mencionado brainstorming, mi único aliciente era este nacimiento televisivo. Inmediatamente me percaté que mi churri había decorado la casa para la ocasión; teníamos invitados, pero yo sospecho que no buscaban nuestra compañía: querían ver el nacimiento en nuestra nueva y flamante pantalla gigante de plasma que habíamos adquirido -endeudándonos hasta las cejas- para la ocasión.

El nerviosismo me impedía comer ni un solo canapé, un desasosiego se apoderaba de todos nosotros al ver que la hora señalada se estaba acercando. Alguien intentó hacer tiempo hablando de la nueva infanta, pero inmediatamente le hicimos callar: aquel tema ya no era actualidad, no nos importaba lo más mínimo teniendo en cuenta lo que se avecinaba. Un silencio tenso se apoderó del ambiente, los nervios estaban a flor de piel; por segunda vez en el día hubo empujones para ocupar los mejores lugares. Como aquella era mi casa, puse unas sencillas reglas de comportamiento: “para mi el sitio más cómodo del sofá, mi churri a mi lado, ningún obstáculo que se interponga en mi campo de visión y todo el mundo con el pico cerrado”. Hubo algún intento de queja, pero mi expresión firme y decidida no dejaba lugar a dudas: o se hacía como yo decía o a la puta calle.

Llegó la hora anunciada para el mágico instante. Una voz anunció el hecho y -ante nuestros propios ojos- se produjo la mayor de las mutaciones y el suceso más portentoso que haya sucedido jamás en la historia de la civilización: el logo del canal plus desapareció para dar paso al logo de cuatro. Yo fui el primero que recuperó el aliento, inmediatamente descorché una botella de champán y con una alegría indescriptible empezamos a brindar. Después de los brindis vinieron los abrazos, las pequeñas rencillas desaparecieron y la alegría desbordó nuestros corazones. Los comentarios eran todos positivos “que bien se ve”, decía el vecino del quinto; “una nitidez perfecta”, aseguró el del tercero; “que tecnología”, exclamó el portero; “mirad el logo, pone cuatro”, dijo la abuela del segundo. Todo el mundo callado -grité yo-, hacía su aparición Iñaki Gabilondo y no quería perderme ni una sola de sus palabras: fueron fantásticas, que bien habla este señor.

Hubo un momento en que Luisito -el hijo de los vecinos del quinto-, consiguió arrebatarme el mando a distancia en un despiste, el pobre inocente cambió de canal y enseguida le reprendimos gritando todos a la vez “pon el cuatro, pon el cuatro”. Claro, el chaval ponía el canal 4, pero ese canal aquí ha estado ocupado siempre por la cadena autonómica. Hasta que encontré la solución: “pon el canal plus, el 7”, le dije con una expresión de se-lo-que-me-hago, el chaval me hizo caso y pudimos seguir viendo el canal cuatro. Hasta ésto lo han hecho bien, han sido muy inteligentes en elegir el nombre de la cadena; millones de personas tienen el canal cuatro en otro número. Según varios expertos, ésto no se ha hecho al azar; tener que pulsar el 7 para ver el cuatro, facilita la abstracción numérica y el cálculo mental avanzado. Dentro de poco, España se convertirá en una potencia mundial en cualquier campeonato de sudoku.