El increíble documento audiovisual que ha salido a la luz recientemente mostrando las novatadas a las que son sometidos los reclutas británicos de los Royal Marines, ha llenado al mundo civilizado de una justa indignación; tratar de esa manera a unos jóvenes aspirantes a soldados no tiene sentido en una sociedad occidental, que se basa principalmente en la cultura de la paz y el respeto más escrupuloso a los derechos humanos. Por tal motivo, mis jefes decidieron enviarme a investigar los hechos. Me dirigí al cuartel de la Royal Navy donde se habían grabado las imágenes y me entrevisté con el coronel al mando de dicho regimiento: el Coronel Nicholson. Decidí no darle ni un momento de respiro y que se sintiera presionado, asi que puse cara de suspicaz y le sometí hábilmente a un durísimo interrogatorio, que os transcribo fielmente.

--Coronel, soy engelson
--Encantado engelson
--Iré directamente al grano Coronel, ¿ordenó usted el código rojo?
--¿Eh…que?
--¿ORDENÓ USTED EL CÓDIGO ROJO?
--Por supuesto que no, está prohibido por el reglamento.
--Ah, vale. Gracias, coronel.

Acabado el interrogatorio, el coronel me invitó a una visita guiada por las instalaciones, asegurándome que no sabían que yo iba a ir y que, al no esperarme, podría ver con mis propios ojos como es un día cualquiera en el ejército británico. Decidí que empezaríamos por los calabozos y la zona de interrogatorios, ya que en ese cuartel hay prisioneros de Guantánamo desplazados y quería saber como les trataban. Casualmente, el coronel tuvo que hacer una llamada urgente, por lo que se separó unos metros y después de estar hablando un rato, empezamos la visita.

Al entrar en el calabozo me sorprendió el agradable ambiente que se respiraba, evidentemente usaban aire acondicionado mezclado con algún perfume o ambientador de buena calidad. Las paredes estaban pintadas de colores alegres y vivos, el hilo musical estaba conectado y la música era muy relajante. Las celdas eran individuales y disponían de aire acondicionado, calefacción, baño completo, solarium, jacuzzi, gimnasio, una cómoda litera de 1.20, tv por satélite, un pc con conexión a internet, un horno microondas y una nevera que, por lo que pude ver, estaba llena de productos de primera necesidad: refrescos, platos precocinados, helados, yogures, queso, leche, fruta y una abundante provisión de cerveza. Al preguntar al coronel porque ponía cerveza en las neveras de los prisioneros musulmanes me aseguró que casi todos beben como cosacos, pero que los que quieran pueden también pedir unos porritos al servicio de habitaciones, disponible 24 horas.

Pedí presenciar un interrogatorio y el coronel me pasó a una pequeña habitación que se comunicaba con la sala de interrogatorios por medio de un cristal que por el otro lado era un espejo. El prisionero al que interrogaban estaba tumbado en una hamaca, mientras dos enfermeras le daban masajes en los pies. El coronel me aseguró que era un peligroso terrorista, el interrogador habló: “vamos a ver, Mohamed, llevas tres años sin decirnos quien es el jefe de tu célula, ¿vas a hablar o tendré que ponerme duro?”, el prisionero no le hizo ni caso y siguió contándole un chiste a la enfermera rubia. El coronel cogió un teléfono, dijo "código negro" y un estremecimiento me recorrió de arriba a abajo al oir aquellas palabras, ya que sabía lo que significaban; una pequeña luz roja se encendió en la sala. El interrogador hizo una señal a las enfermeras y éstas se sentaron encima de las manos del árabe, el interrogador se acercó al prisionero con una cajita en la mano, sacó dos pequeñas pastillas y se las metió en la boca. El prisionero empezó a retorcerse y a poner caras extrañas; yo estaba horrorizado, “habla y te daré el antídoto” -le dijo el interrogador-, “hablaré, hablaré”. El interrogador hizo una señal a una enfermera y ésta le dio el antídoto, que consistía en un largo y húmedo beso. Al preguntar al coronel que es lo que habían usado para obligarle a hablar, me contestó: “pastillas Fisherman’s Friend”, las usamos solo como último recurso.

Al salir de la zona de calabozos, dije al coronel que quería ver la zona de entrenamiento donde están los reclutas y el lugar exacto donde habían grabado las terribles imágenes que todos habíamos visto por tv. Cuando llegamos al lugar, rápidamente reconocí a los reclutas, ya que estaban tranquilamente tumbados a la bartola mientras sus compañeros veteranos les acercaban cervecitas, canapés y pastelillos variados. Pregunté al coronel si aquello era normal y me contestó que si, que los reclutas están exentos de instrucción y de todo tipo de actividad hasta que ellos se vean en condiciones de empezar.

Decidí preguntar a los propios reclutas y me contestaron que no ha habido nunca ningún problema de novatadas, malos tratos o abuso de poder; que aquello era el ejército británico y que esas “actividades” van contra la dignidad humana y que jamás permitirían -ellos ni sus compañeros o superiores-, que sucediera algo así ni en ese cuartel ni en ningún otro del Reino Unido. Pregunté al coronel que como era posible entonces que hubieran grabado esas imágenes y me dijo que aquello formaba parte del habitual entrenamiento anti-zombi, normal en cualquier unidad de la OTAN. Se trataba de una simulación en la que varios voluntarios tomaban el papel de zombis hambrientos de carne humana y que por eso les ponían esas cosas en los brazos, para imitar en lo posible la torpeza de movimientos de los muertos vivientes; que hacían ese simulacro desnudos para mayor realismo, y que los golpes estaban aplicados por expertos especialistas de cine y que, por lo tanto, tales golpes no existían ni hacían ningún daño.


El habitual entrenamiento anti-zombi en la Royal Navy

Conclusión
Preguntado el coronel por que se parecían tanto las imágenes de los marines a las imágenes de las torturas a los prisioneros iraquis (desnudez, humillación, golpes, descargas eléctricas), éste me contestó que los americanos siguen una política distinta y que, por cortesía del gobierno USA, ofrecen gratis el mismo entrenamiento anti-zombi a los prisioneros -a los que llaman, cariñosamente, amigos del alma-, con la particularidad de que ofrecen un excelente premio (pinchos morunos y kebab a discreción, para él y sus amiguitos) a los que consigan poner la mejor cara de terror fingido y que las aparentes descargas eléctricas, en realidad son sensores colocados para determinar cuando el prisionero empieza a sudar; en ese momento exacto, cesan el entrenamiento para que se pueda dar una relajante ducha, seguida de un masaje tailandés.

El coronel tuvo la amabilidad de explicarme también que esas prácticas inhumanas hace tiempo que han desaparecido. Antes las unidades de élite recibían clases prácticas sobre tortura, poniéndose en el papel de torturador (para saber como hacerlo) y de torturado (para aprender a soportar en lo posible un interrogatorio); todo eso ha pasado a la historia y lo único que se sigue manteniendo es un entrenamiento voluntario a base de chicles de clorofila, menta y fresa ácida; para poder resistir al máximo los interrogatorios donde usen como elemento disuasorio las temibles pastillas “Fisherman’s Friend”.

En fin, si veis que sobra, falta algo o hay algo equivocado; por favor me lo decís porque tengo que entregar el informe a finales de la semana que viene…