La estructura cíclica y circular de este brog me permite de vez en cuando ponerme el disfraz de capitán sensible y, reprimiendo los lagrimones que luchan por escapar de mi interior, gritar a los cuatro vientos esta faceta de mi personalidad. Dejar de lado mi casi obsesivo interés por todos los aspectos de la ciencia y la cultura para publicar un post de este tipo, tiene por motivación principal el hecho de necesitar el reconocimiento público y que los posibles lectores piensen de manera unánime: “realmente engelson es una persona muy sensible, ya me gustaría ser la mitad de sensible que él”. En vuestras manos queda el hacerme feliz y que una leve y fugaz sonrisa asome en mi atormentado rostro…

De píchur

Desde las llanuras de Rusia…desde el crudo invierno del frente del este…con el gélido viento siberiano congelándote la napia y los soplillos; os presento un afoto que tomé a un par de pringuetas de la Wehrmacht con una cámara muy sensible que me regalaron. Yo estaba tan bien camuflado, que ni me vieron y es que resumir en un párrafo una vida -o más- dedicada al servicio de las armas es una tarea ardua. Tiempo habrá de hablar del tema de una manera más modesta.


¡Achtung!...engelson avanza armado de un post sensible

[Agradezcamos a Adastra el descubrimiento del sitio donde hay tantas buenas imágenes en color de la segunda guerra mundial]

De guoman

La mujer piensa en él, recuerda el día en que se conocieron; aquella noche de sábado en la que se cruzaron sus vidas. Sus amigas la conocen bien, y saben que cuando tiene esa mirada perdida, cuando mira al infinito con cara de infinita tristeza, sus pensamientos solo pueden estar en un lugar: junto a él. Sus amigas se enfadan, pero no pueden hacer nada, es inútil razonar con ella en esos momentos.

--¿Qué te pasa?
--Nada
--Nada no, te pasa algo
--Te digo que no me pasa nada
--¿Estás pensando en él?
--¡No!...bueno, si
--Olvídalo, es lo mejor que puedes hacer
--No puedo…si yo pudiera…
--¿Por qué no te levantas e intentas conocer otros chicos?
--Déjame, estoy bien
--Ven a bailar con nosotras
--No, id vosotras, yo estoy bien aquí; de verdad
--Si no vienes a bailar, me quedaré aquí contigo
--No, por favor. En el siguiente sitio bailaré, pero ahora quiero estar sola
--¿Me lo prometes?
--Si, te lo prometo. Venga, vete a bailar y dejadme un rato sola, por favor

Sus amigas no lo recuerdan, pero le conoció aquí mismo, en aquella misma esquina donde está sentada ahora. Ella no lo olvida, hay veces en que casi lo consigue, pero si entran en ese sitio, si su esquina está libre tiene que sentarse ahí mismo. Se imagina sentada a su lado y apoyando la cabeza en su hombro, que él la rodea con sus brazos, que la besa y que la acaricia como solo él sabe hacerlo. Recuerda su voz, y recuerda como se acercaba a su oído para hablarla, las cosquillas que sentía; el temblor en todo el cuerpo cuando la besaba en el cuello, el escalofrío de sentir sus labios en su boca...


Nuestra protagonista pensando en sus cosas...inmersa en su mundo de recuerdos

Y llega un momento en el que la mujer deja a un lado su tristeza, ya se siente mejor y se ha quitado ese peso de encima que la aprisionaba como una losa. Su expresión triste ha cambiado, y donde antes había un gran pesar, un doloroso recuerdo del pasado; ahora hay una realidad consciente, una absoluta certeza de que no es para tanto y unas grandes ganas de fumar un cigarrito. La luz vuelve a sus ojos, el color vuelve a su cara, la melancolía se aleja…todo vuelve a tener sentido.

De fulfilmen

Tener la obligación legal y moral de responder al requerimiento de Carlos es una buena excusa para insistir en la idea principal del post de hoy. Por ese motivo, paso a continuación a copiar el primer párrafo un poco largo que he encontrado en ese libro que tengo a medias desde hace unos dos meses. Un libro de un tema totalmente inédito en este blog y de una esencia profundamente romántica y sentimental.

El Destripador ya no se movía ni emitía sonido alguno. Un humo pálido ascendía de la zona en la que habían ardido los pantalones. La chica calcinada que los había incendiado ponía ahora al fuego el brazo cercenado del Destripador. La chica sin pechos de la piel babosa se estaba poniendo una de sus botas. La chica desollada, arrodillada junto a la cabeza del Destripador, le había sacado las tenazas de la boca. Al principio Jean pensó que se estaba pellizcando ella misma con ellas. Pero no era eso. Uno a uno, iba despachurrando los gusanos que serpenteaban por su vientre. La que había tirado la piedra tenía la cabeza enterrada en el torso abierto del Destripador. Cuando la alzó, tiras de intestino le colgaban de la boca. La chica corroída sin brazos yacía boca abajo entre los negros restos de las piernas del Destripador, hurgando en la cavidad donde estaban antes sus genitales.

El libro de los muertos
El rancho, Richard Laymon