Hechos cotidianos y verídicos, contados de la manera más humilde y sencilla posible y sin adornos ni aspavientos innecesarios; es la receta para un post de la categoría “Con toda modestia”. Aquellos que quieran más explicaciones, que se lean el anterior post; los pocos valientes que lleguen hasta el final, que dejen un comentario elogioso. Esta es la sencilla mecánica de esta categoría: yo me digno a escribir sobre mi modestia y vosotros leéis mientras mantenéis el pico cerrado.

***** (Separador temático © Alcachofazul propio de esta categoría)

La figura del autor aparece corriendo en la lejanía, en medio de una tormenta de nieve en la lejana Siberia. La nieve polvo dura le permite avanzar a un trote ligero, lleva seis horas corriendo, intentando alcanzar el punto de encuentro convenido después de haber hecho saltar por los aires el campamento minero de Kravoyarisk 229; en realidad un yacimiento de gas natural de terribles propiedades zombificantes.

El autor se detiene, baja la capucha de su parka polar y mira su reloj. Un pasamontañas blanco cubierto de hielo tapa su cara, su figura se confunde con el fondo nevado y su aspecto es el de un intrépido explorador ártico. Clava en la nieve la katana enfundada que se ha llevado de recuerdo del campamento minero y se arrodilla, observando con detenimiento unas huellas recientes. Se levanta muy despacio descubriendo su rostro, coloca la espada en su cinturón, cierra los ojos e inclina la cabeza hacia abajo; intenta localizar al otro, presentir cuando y desde donde se producirá el ataque…

Un enorme y hambriento tigre siberiano de cuatrocientos kilos salta desde unas rocas, dispuesto a clavar sus colmillos y zarpas en la garganta del autor. Un segundo después, la cabeza del tigre rueda por el suelo; el cuerpo hace un ruido sordo al caer sobre la nieve. El autor tiene la típica posición de los samurais cuando decapitan a alguien de un solo tajo y nada más desenvainar: piernas flexionadas y el brazo con la espada en un perfecto ángulo de ciento doce grados. El autor hace girar un par de veces la espada y la detiene con un golpe seco, gotas de sangre se deslizan por el filo y caen en la nieve; el autor, con gran parsimonia, enfunda.

Cuarenta minutos después la cabeza del tigre vuelve a estar unida al cuerpo; el autor le ha puesto unas grapas, dos clavos y ha unido cuidadosamente la cabeza con la columna vertebral del animal. Usando una aguja e hilo de sutura de su botiquín ha vuelto a unir las conexiones nerviosas, músculos, tendones y resto de tejidos. Empieza el proceso de reanimación cardiopulmonar; el autor -de manera instintiva- adapta las maniobras de acuerdo con la raza, peso y tamaño del felino. El animal no responde, después de unos angustiosos minutos de inútiles intentos de reanimación, el autor tiene el inevitable flashback característico de estas ocasiones.

El autor tiene tres añitos, es la hora del recreo en un frío día de invierno de su primer año de cole. Está jugando con su muñeco preferido: un bonito y multicolor tigre de trapo del que no se separa nunca. Un niño mayor se le acerca e intenta violentamente quitarle el muñeco, el autorcito le pega un cabezazo en los huevos, el otro niño cae al suelo. El muñeco queda roto por la cabeza en dos pedazos, justo en ese momento empieza a nevar con fuerza. Suena el timbre que anuncia que deben volver a clase y una profesora se lleva a la fuerza al autorcito, que no quiere volver sin su muñeco. El tigre de trapo queda tendido en la nieve, la cabeza separada del cuerpo, mientras el autorcito grita desesperadamente “mi amigo, mi amigo…”.


El tigre una vez recapitado, ¿logrará sobrevivir?

El autor sigue con sus intentos de devolver la vida al animal, el frío ha mantenido al tigre en buen estado pero sigue en parada cardiorrespiratoria. Incansable, sigue con el proceso de reanimación: masaje, masaje, masaje, insuflar aire; una y otra vez. La decapitación ha sido traumática y ha perdido un poco de sangre, pero el autor tiene confianza en sus recién descubiertas habilidades como cirujano veterinario. Al cabo de un buen rato, el tigre mueve una pata; el autor sonríe y habla al animal: “vamos viejo amigo, tienes que conseguirlo, ánimo viejo amigo…”. La escena es conmovedora, cualquiera lloraría de la emoción. En un momento dado, el tigre abre los ojos; humano y felino cruzan sus miradas. La operación ha sido un éxito. El tigre mira al autor amistosamente, el autor siente que la modestia más absoluta se apodera de su persona. Hombre y tigre se funden en un abrazo, el animal lame al autor cariñosamente, los dos ruedan por el suelo henchidos de felicidad y jugando como viejos amigos que se reencuentran después de mucho tiempo.

Un minuto después se despiden: “adios viejo amigo”, exclama el autor; “grrrrr”, responde el tigre. La escena, aparte de conmovedora, tiene una gran belleza plástica. El tigre desaparece entre los árboles, meneando alegremente la cola. El autor levanta el brazo para saludar; este movimiento provoca que el parka esté a punto de romperse ya que bíceps y abdominales quedan perfectamente resaltados a través de las cinco capas de ropa. El autor mira su reloj y consulta el gps, saca su móvil para hablar con el presidente Zapatero y establecer una videoconferencia con la tecnología más avanzada que se pueda imaginar...