Este blog, si en algo se distingue del resto, es en que no me corto un pelo a la hora de contar cosas personales, me produce una satisfacción próxima al placer más absoluto. Este hecho, de por si intrascendente, provoca en mis lectores un sentimiento de familiaridad, de confianza y tal, e intuyen con acierto que todos los aspectos de mi vida son mogollón de interesantes. Qué razón tienen. Cualquiera que publicara un post cómo el que estáis a punto de leer, recibiría abuntantes indicaciones comentariales sobre la estupidez del argumento y tema central; en mi caso sólo caben las felicitaciones y tal vez, por parte de las señoritas lectoras que asi lo deseen, ser el destinatario del envío masivo de correos mostrando su generosa desnudez, y no me refiero a la del alma.

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El autor está de vacaciones, ha sacado la cámara con sus pilas de recambio por si acaso y está haciendo fotos, dispone de veinte minutos libres más o menos y piensa exprimir ese tiempo al máximo, aprovechando cada segundo disponible en la modesta tarea de reflejar, mejor que nadie, la realidad en formato jotapeg. El autor observa el magnífico paisaje que se extiende ante su mirada asnal y sonríe cuando comprueba que ese sitio tiene todos los puntos para convertirse en un lugar mágico y de leyenda en cuanto se ponga a desplegar sus artes fotográficas. Es el momento de sacar fotos, que nadie moleste al autor porque todos sus sentidos están enfocados en aplicar las enseñanzas recogidas en cientos de páginas de internet visitadas y memorizadas... el placer de sacar un afoto, el casi más placer todavía de coger esa foto y trastear con ella en el fotochop... el autor disfruta con su cámara pero que quede claro que también disfruta con el fotochop, que si le cambio la sombrailuminación, que si lo saturo un poco por aqui, que si me curro una capa y le hago un degradao de flipar.

El autor mira al suelo, observa un gasterópodo y hace un afoto...


no, no es Mercedes Milá

El autor admira la calidad de la imagen obtenida, un uso guapo del macro y un pulso firme cómo culito de jugadora de vóley playa han dado como resultado una instantánea por la que cualquiera pagaría millones, digna de ser colocada en lugar preferente en cualquier colección por lujosa y exclusiva que sea. El autor reflexiona modestamente ante la seguridad de que en un futuro cercano habrá generaciones de aficionados maravillados ante tamaña muestra de savoir faire fotográfico, preguntándose cual es el secreto para haber podido plasmar ahí, con toda su crudeza y belleza plástica, un momento en la vida de una sencilla criatura gasteropodoidal que se ve obligada, quizás por las circunstancias, a tomar un camino para el que no se encuentra ni dispuesta, ni preparada.

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aqui sobran las palabras


germanos en plena emboscada a la VI Legión


el rancho de los McMurphy


tampoco es Mercedes Milá