Pongámonos en situación. Hay sesión casera de Pocoyó, el enano ha decidido que baby einstein ya no le motiva lo suficiente y ahora disfruta mucho siguiendo las complicadas tramas argumentales que giran en torno a las andanzas de este simpático personaje y sus amiguitos Pato y Ely. Mención especial para el perrito Lula, un personaje que puede parecer secundario pero que rebosa honestidad por los cuatro costados. La nativa islandesa está atareada en misteriosos quehaceres lejos de la influencia del citado producto audiovisual, servidor se encuentra a cargo de la supervisión de las evoluciones de la unidad de carbono primogenital, básicamente mi tarea consiste en vigilar al enano durante los títulos de crédito que hay entre capítulo y capítulo, ya que hay que abortar sus instintos escaladores e impedir que se suba a la mesa baja que actúa como barricada frente al televisor, lugar muy privilegiado porque le otorga un acceso directo a la manipulación del equipo de música, al llamativo y parpadeante router inalámbrico y al reproductor multimedia con sus atractivos botones y su eterna promesa de diversión sin fin.

En un momento dado el capítulo se acaba, yo estoy totalmente espatarrado en el sofá y mi córtex cerebral se halla en modo multitarea, alcanzando la increíble cifra de dos procesos ejecutándose al unísono. No daré pistas, por el puro bien de la humanidad, del tema que ocupa mi mente en segundo lugar, pero dentro de lo que bien podría llamarse "Proceso Uno", observo atento pero disimulando las evoluciones del retoño que aprovecha la pausa para ir a la única estantería a la que tiene acceso, descoloca los libros y los vuelve a colocar a su manera, parece cómo si estuviera decidiendo qué libro leer, con sus pequeñas manos pasa las páginas de mi querido y súpergastado ejemplar del "Asi habló Zaratustra" y tras unos instantes de aparente lectura, pone boquita de piñón sacando un poco la lengua y emite un sonido de pedorreta que evidencia su opinión sobre las inquietudes filosóficas: "prrrrrrrrr", minúsculas gotas de saliva pedorretil caen justo sobre mi capítulo preferido, impregnando ligeramente las páginas de una sustancia que, dentro de unos años, será requerida y solicitada por miles de jóvenes ligeras de ropa cómo preludio, interludio y postludio de algo para lo que está modesta y genéticamente predestinado desde su misma cuna.

Suena la música que indica que acaban los títulos de crédito y empieza otro interesante capítulo de Pocoyó, el enano instintivamente gira la cabeza hacia el televisor y adopta una postura sentada de atención agarrando tiernamente un cojín, el capítulo empieza que parece que es de noche, el enano mira la pantalla y su expresión cambia ligeramente, me mira a mi y vuelve a mirar la pantalla, se levanta y se dirige hacia el sofá donde yo estoy plácidamente tumbado en plan muy intelectual, echándome una genuina mirada de no haber roto un plato en la vida y de no tener intención de hacerlo nunca de jamás, el capítulo me suena, creo que se cae una estrella y Ely se hace muy amigo de ella y después Pocoyó y su inseparable y fiel Pato la vuelven a dejar en su sitio

--padre, ¿puedo ver este capítulo recostado sobre tu musculado abdomen?
--sí que puedes, procede a acomodarte a tu gusto
--gracias
--no hay de qué

[casi nada más empezar la estrella se cae de su sitio en el cielo con un ligero "piuuuuuuu", el enano empieza a llorar con mucho sentimiento y estoy seguro que no es un llanto de que no quiere acabar el yogur, llora a lágrima viva e intensidad media, afectado sin duda por la lacrimógena escena de la caída estelar, sobra decir que la tensión es máxima debido a la crudeza de las imágenes]

--¿qué pasa?, ¿qué pasa?, ¿por qué lloras?
--padre, buaaaa...la estrellita...buaaaaaa
--no llores hombre, que no pasa nada

[pasada de mano tranquilizadora, ósculo paterno-mejillal, acomodación del timbre de voz a lo emotivo de la escena]

--veenga tranquiiiilo que no pasa nada, hombre
--buaaaa, la estrellita se ha caído...¿por qué se ha caído, padre?
--que no pasa naaada, que no se ha hecho daaaño
--pero se ha caído...estaba en su sitio y se ha caído sola...

[paso del proceso mental dos a estado durmiente, ligero cambio gestual y adopción de un rol más tranquilizador aún]

--es que las estrellas también se caen, pero se levantan y ya está
--ya, si ya me acuerdo que acaba asi pero no puedo evitar llorar...buaaa

[lanzamiento proceso urgente de búsqueda argumental, prioridad 10, cláusula union all]

--bueno venga, que no pasa nada...mira mira, se ha hecho amiguita de Ely...
--sí, pero se ha caído, ya no luce su brilla-brilla en el firmamento nocturno...
--eh...bueno sí...ahora la levanta Pocoyó...¿pero tan mal rollo te da?
--sí padre, una congoja que no puedo ni explicar...

[intensificación de contacto físico, acariciamiento capilar, paso a modo susurro]

--¿y por qué será?, si ya sabes que ahora ponen en su sitio a la estrellita
--no sé padre, será porque soy pequeño...
--claro, seguro que sí, ¿estás mejor ya?
--sí padre, pero agárrame fuerte hasta que acabe el capítulo
--no preocuparse por eso que aqui estoy yo
--pero cuando acabe que corra el aire, ¿vale?
--vale, campeón

Y asi fue cómo los dos superamos aquella crisis, aquel pedazo movidón. Después me acordé que ya le había pasado otras veces, que se caía la puta estrellita y el tío se ponía a llorar. Dejemos a un lado la evidente lectura de que si el hijo es asi de sensible cómo será el padre, y centrémonos por un instante en la imagen de un pequeño de gran belleza llorando desconsolado para acabar en lo que yo considero más destacable de esta historia sacada de la realidad más cotidiana: el elegante bronceado del que ahora mismo soy modesto portador y que hace que mi musculatura en general, y la de mis bíceps en particular, se vea resaltada aún más si cabe, ¿es acaso posible imaginar escena más tierna?...lo dejo a vuestra consideración y a la del público en general. Aqui dejo esta interesante experiencia en formato postal, asi exactamente sucedieron los hechos y aqui pervivirán por siempre, para su posterior consulta y aprovechamiento universal.